A la próxima te espero

Durante aquellos días caminó junto a él por aquellas calles repletas de olores vaticanos, le escribió infinidad de cartas en cada esquina y a veces le daba la sensación de que su escritura era un monólogo imparable, lo cual le daba más placer aún que el simple hecho de escribir a alguien. No quería exponerse a aquella realidad propia de una mujer mundana a la cara del mundo, pero que más daba si lo era, al fin y al cabo la apariencia era propia de almas enmascaradas nada atractivas para los ojos de una misma pero sí para los ojos de la estética heredada de la proporción, que él adoraba. Estaba nerviosa, casi desfallecida por juntarse en un abrazo -algo que seguro nadie podía entender – había creado tal vínculo entre lo imaginario y las palabras de otro con una sensaciòn de felicidad dilatada,  que el riesgo del fracaso quedaba aparcado en el miserable sentido. Así que lo hizo, se arrancó el corazón del pecho y deshizo la escarcha con el calor de sus pensamientos. Para su desgracia no se puso las gafas ese día para ver la verdad que se escondía detrás de aquellos ojos soñadores con sonrisa de niño,  pero cual fue su sorpresa al escuchar una voz oracular que llegaba desde el otro espacio que le hizo ver en algun momento diálogos sinsentido llenos de absurdas mentiras que se cruzaban por aquel  torrente de mar de propósitos. Cerró los ojos,  se sentó en aquel banco, miró como la niebla se le incrustaba en los huesos invadiendo toda su intimidad y se alejó de aquella lucha con Miguel Angel en las alturas de la Sixtina para seguir flotando, inundándose de belleza entre aquellas calles llenas de sueños y ausencias. 

Cris. (Historias de tránsito)

El tesoro está en lo alto

Había pasado mucho tiempo, y un día en el viaje por aquel cañón quiso deshacerse de aquellas notas que alumbraban sus temores, avanzando con la intención de descubrir aquel paraje desconocido. De repente, ya en el centro que consideró umbilical,  buscó la acrobacia perfecta para no sacrificar su alma y salir después de aquellos años para empezar uno nuevo como si del Gran año de las alucinaciones se tratara. En la acrobacia del salto encontró el refugio, el descanso, la eterna paz que abría el orificio entre su boca abierta y su visión del mundo. Mientras se precipitaba por aquel acantilado tuvo tiempo de cepillar las rocas, escuchar la banda sonora del viento en su oido y mirar los nidos de algunos buitres privilegiados y bellos que escuchaban como el cóndor les hablaba desde más allá del horizonte en una caida de ojos,  sobrevolándolo todo. En ese instante el estómago le dio un revés y decidió mirar hacia arriba como un reflejo de salvación pero nada pudo hacer. Remó a través del aire lo más rápido que sus alas le permitíeron y se dejó caer al vacio lleno de rocas,  naturalmente prodigiosas, con la absoluta certeza de que alguna estallaría en su sien. Siguió cayendo, corrió en el aire, aleteó disfrutando la distancia y se ahorcó a conciencia bajo aquel frutal en flor que asomó de repente como el resplandor de la muerte,  para acurrucarla entre sus brazos y mirar desde lo alto su tesoro.

Cris

Geometrías

Aquella mañana se despertó de un sueño inconcluso e inolvidable. Desayunó abrazada a él, desnuda y pequeña entre las aristas de un gran corazón. Cuando terminó de llorar el miedo de no verlo, se descubrió en la calle paseando mágicamente con su presencia,  disfrutando los átomos de la oscuridad que se arrastraban hacia la luz y la carne abierta a cada gota de puro alivio. Hizo un alto en aquella paralela durante un tiempo, iluminó su dolor acariciando sus ojos en diagonal y se engañó contemplando el paisaje de aquellos labios que abandonaban la celérica carrera de la vida, para doblar la esquina e imbuirse en su hoguera transversal, que encendida, borraba el paso a pasos de frases calladas en el profundo oasis de su memoria.


Cris.

Ocaso Abierto

Al caer la tarde cerró los ojos y atendió el espacio del estímulo que le sorprendió por la espalda. Se giró buscando su brillo, deseó sus ángulos, bebió sus lágrimas y nadó sobre la superficie de su ánima. Cuando notó que sus gotas se precipataban por la garganta,  se despertó súbitamente entre un mar vivo de sudores y buscó un alivio entre la comisura de un beso húmedo que relajó sus pesares, revolvió su alegría y evitó el enredo de tobillos y manos. Amaneció entonces en el hueco de aquella,  hasta que volvió a caer la tarde.

Cris.